Trabajando en McDonald´s llamé a una agencia de medios. Cuando me atendieron, dije con voz de Bill Gates: Hola, soy de McDonald´s, quería hablar con alguien para consultar sobre equis. Me atendió el CEO, como si atendiera a Carlomagno en el ápice de su gloria. ¿Era por mí? No, era por donde trabajaba. Podría haberlo llamado un chimpancé y lo hubiera atendido con igual o más cordialidad. Pero en ese momento, creí que era por mi brillante y seductora labia, gran poder de persuasión e importancia en el mundo de los negocios.

Cuando renuncié a Mc entendí que, afuera, no era nadie. O sí, era alguien, pero sin mayor importancia, al no representar a esa empresa gigantesca. Como emprendedor minúsculo ya no era una hormiga en el hombro de un gigante, sino trotando en el piso, tratando de esquivar los pisotones de gigantes.

Muchos también hacen ese viaje desde las alturas al suelo, pero no porque emprendan, sino porque los echan. Ejecutivos, empleados, hasta nimios juniors o Analistas de (ni hablar de gente en la función pública) cuando trabajan en corporaciones poderosas, se sienten “humanos ampliados”, seres poderosos por el hecho de tener acceso a herramientas, mercados y recursos con sólo levantar un teléfono. Llaman a un proveedor y éste viene corriendo a escuchar, como un perrito al que le chiflan. Necesitan algo y la empresa tiene 2 directores, 5 departamentos, 10 gerencias y 20 proveedores que lo hacen. Tienen tarjetas corporativas, pasajes, hoteles, almuerzos, autos. Las cosas les resultan fáciles porque las organizaciones que representan se las facilitan.

Esto es muy bueno, es lindo trabajar así. Pero muchos se olvidan de que están arriba de gigantes, jugando el juego de creer que son titanes y ese poderío se les mete bajo la piel. Algunos olvidan que el poder es prestado por un ratito, para cumplir un cometido, no es algo que hayan generado ni que los necesite para existir. Es un poder preexistente a ellos y sin ellos, seguirá funcionando, mejor o peor, en el futuro. Pueden poner a otra persona en su lugar y tendrá la misma “capacidad” que ella.

¿Con esto quiero decir que el talento y compromiso personal no aportan nada a una empresa, o que la persona no puede hacer un cambio ni agregar valor en la organización? Claro que no, toda persona puede aportar cosas y ser factor de mejora y cambio; inclusive, como CEO, podés realmente modificar la realidad desde el liderazgo y la gestión. Lo que sí quiero mostrar -de lo que deberíamos cuidarnos- es de la ilusión de poder. Creerse grandes por trabajar en una organización grande. Olvidarse de la condición de hormiga. Creerse supercapaces porque la empresa tiene excelentes resultados, basados en sinergias enormes que trascienden a la persona. Creerse banqueros cuando son bancarios, bah. Y a veces, esa ilusión emborracha y acarrea conductas deplorables, como abusar de los proveedores, usar la capacidad de daño de la compañía para negociar brutalmente, usar el liderazgo para el gusto personal y no para el servicio a los demás, olvidar la educación para tratar a la gente y… ser un cretinillo (o cretinazo) sin ser tener en cuenta que si te rajan, sos nadie.

Si alguno de los que lee esto se define a sí mismo y se infla por el puesto que tiene o por donde trabaja, mucho cuidado. El decir “Soy Fulano Gerente de Tal Cargo de Tal Empresa” y por eso sentirse importantísimo, es algo frágil y pasajero; porque la importancia la tiene el cargo, no la persona. Y  si la despiden, experimentará esta verdad de formas traumáticas, buscando en vez de que lo busquen, entendiendo que muchos le daban bolilla por lo que representaba y no por lo que era. Varios de los que se desvivían por atenderlos no le van a contestar un llamado.

Hay que escaparle a esa irrealidad. Tenemos que entender que el respeto que provocamos y el interés que generamos son por el puesto que tenemos, no por un superpoder innato que forma parte de nuestro ser. El poder es una oportunidad para su buen uso: tejer relaciones humanas respetuosas que trasciendan los puestos y generar valor social y económico; pero siempre siendo conscientes de que uno no es el fundador y ápice de la corporación donde trabaja, sino un recurso más que hoy está y mañana no. Porque, se sabe, las corporaciones ven números, y cuando los números aprietan, las personas sobran. Y se arrepienten de haber maltratado a otras personas.

©JIR para L!NDA

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