Saber poquito, una migaja al menos, es la condición del disfrute y la admiración de lo que sea. La ignorancia absoluta sobre un tema puede hacer que el mismo nos cause indiferencia total. ¿No les pasó que ven una piedra que no dice nada y cuando el guía turístico les cuenta que ahí mataron a tal personaje histórico -del que sí saben algo- la piedra se vuelve fascinante y valiosa? Bueno, ahí está la prueba de esto que decimos. Y por supuesto, si sabés mucho de Historia, el disfrute de esa piedra aún es mayor, porque no sólo ella te dice algo, sino el lugar, el contexto, los textos y autores que leíste sobre el tema, la brisa que sopla en ese instante, todo es parte de un concierto que te pone a vibrar como un gatito feliz.

Sabemos casi todo de nada, mucho de poco, poco de mucho y nada de casi todo. A alegrarse, menos mal, porque gracias a esa desproporción la vida seduce y se abarrota de preguntas. La ignorancia innata que tenemos, magnetizada por la atracción del interrogante (cualquiera: desde qué es el fuego, si hay vida en el universo o si hay Dios) es algo que nos define como humanos. Nuestros hermanos animales no tienen alma racional viven en y conviven con el universo, sin preguntarse sobre él. Lo usan y lo disfrutan; nosotros, además, lo reflexionamos. Aunque algunos animales tienen cierta capacidad de aprendizaje instrumental, ninguno tiene la capacidad de aprendizaje abstracto o conceptual, ni de preguntarse qué pasaría si (predicción científica) ni por qué (indagación filosófica) de nada.

Volviendo a nosotros, es atrayente saber que sabemos poquito. Nos ubica y nos da la inocencia de preguntar sin vergüenza, como niños. Paradójicamente, los que más saben, saben lo mucho que les falta saber. Y a veces, los que menos saben, creen que lo saben todo. Estas actitudes tan diferentes, pueden combinarse de las maneras que paso a compartir a continuación. Por supuesto, si se les ocurre una nueva, me dicen, así aprendemos:

Saber poquito, opinar muchito.

Es nuestro vicio más generalizado, pero qué sé yo, es medio caricaturesco; más cuando el que sabe poco le porfía de igual a igual al que sabe mucho, como cuando le discuten a un médico -que estudió 10 años mínimo- basándose en argumentos que leyeron en Yahoo! Answers. Los grados de caricaturización son variados, siendo los más bufonescos aquellos que dicen “Ésta te la discuto a muerte” y quieren imponerse con su parcialidad, dogmáticamente, al groso que tienen enfrente. Porque muchas veces, el que sabe poquito, además, aconseja muchito. Caso: se te rompe el auto y viene uno que de mecánica toca de oído, y te tira la justa (bueno, la que él te dice que es la justa) y por lo tanto, la mejor decisión que podés tomar es ¡Run, Forest, run! and save your car, de paso.

Un consejo: no acaten los consejos de gente así.

Saber poquito, criticar muchito.

Acá pasamos de la caricatura al fastidio, porque no sólo se está opinando de algo que no se sabe o no se puede hacer, sino que se está criticando a quien lo hace o intenta hacerlo. Y sin involucrarse, obvio. Si la persona supiera más, no criticaría: indicaría la carencia o error y sugeriría una solución concreta y real, que ella misma pudiera implementar. Caso contrario, humilde silencio, respetar al que hace, o preguntar al que sabe.

Saber poquito, admirar muchito.

Bella cosa. Si tocás la guitarra y ves a Jimmy Page haciendo magia, entendés claramente que eso que a él le sale como si nada, a vos te costaría un montón, o directamente te resultaría imposible. Y ahí te pasmás y gozás. Cuando tenés noción de algo y ves a otro que es un virtuoso, saboreás como loco.

Te puede pasar si sabés poco (no nada) de programación: cuando ves algo programado -por ejemplo, la pantalla pavota de Google- que funciona simple y fluidamente, me maravilla. Porque sé que atrás de esa simpleza, hay un trabajo gigantesco de análisis, cálculo, desarrollo, diseño, testeo, soporte, hardware, leyes y demás. No lo entendés, no lo sabés hacer, pero intuís por dónde va la cosa. Y eso llena de admiración y de ganas de saber más.

Saber nada, preguntar muchito.

Es así, llevamos la espina de querer saber y entender; Carl Sagan decía que somos el Cosmos que se pregunta sobre sí mismo. Grande, Carl, linda metáfora. Saber nada es el punto de partida del conocimiento. Tanto en cuanto especie como en cuanto individuos, cuando estamos parados frente al universo (incluyéndonos) captamos que no sabemos nada de los qués, por qués y cómos, y el alma se siente catapultada a descifrar esos enigmas.

Sin querer enredarnos en epistemología, digamos que saber nada es ni más ni menos que el origen de la ciencia y la filosofía. 

  • La ciencia: percibir los fenómenos (el sol, ponele) y preguntarse qué es, de qué está hecho, qué tamaño tiene, dónde está, desde cuándo existe, hasta cuándo va a durar, por qué quema y demás. Tirar hipótesis. Ponerlas a prueba. Irlas descartando y llegar a la que explique la naturaleza y causas físicas de ese fenómeno y prediga su comportamiento.
  • La filosofía: percibir los fenómenos (la existencia, ponele) y preguntarnos el por qué, las causas finales, o metafísicas. ¿Existe algo? ¿Qué es existir? ¿Por qué existe algo y no la nada? ¿Por qué algo deja de existir? ¿Algo deja de existir? ¿De dónde viene la existencia, hacia dónde va? ¿Por qué queremos seguir existiendo? ¿Hay algo que exista desde siempre y para siempre? Y así.

Los desafiamos a encontrar cosas más lindas que vivir deslumbrados, aproximándonos asintóticamente, gota a gota, a lo inagotable que nos falta por saber y entender. Las hay, pero son pocas.

©JIR para L!NDA