Básico para empezar a trabajar en cualquier propuesta de comunicación: tener un presupuesto, o tener un objetivo. Si están los dos, bárbaro; pero si faltan ambos, se complica.

Imaginen esto: llaman a un arquitecto y le dicen “quiero hacer una casa para mi familia”. El buen hombre necesitará algún dato para presentar un proyecto: dónde está y cuánto mide el terreno, cuántos miembros -y de qué sexo y edades, preferentemente- tiene la familia, si tienen auto y, a la postre, con qué presupuesto aproximado cuentan. Careciendo de cualquiera de esos datos (como mínimo) es difícil que el arquitecto pueda concebir algo coherente. Puede pifiarle por mucho, presentando algo faraónico o liliputiense. Sólo si cuenta con poderes paranormales tendrá alguna chance de proyectar la casa adecuada para esa familia y sus recursos.

Este ejemplo hogareño tiene su correlato en esta profesión, con cualquier campaña: cuando a las agencias nos invitan a participar de pitchs (por poner un caso) la primer pregunta, para poder hacer una devolución lógica y adecuada, es ¿con qué presupuesto cuentan? Como ya adelanté, no es por avidez, sino por enfoque. Muchas veces, no nos lo quieren decir (o no lo saben). Entonces, se cambia la pregunta: ¿qué objetivo tienen, a dónde se quiere llegar? ¿A quiénes -y a cuántos- quieren contactar, durante cuánto tiempo? La agencia puede asesorar o arrimar magnitudes aproximadas, coherentes o deseables, pero el cliente es quien conoce cuánto hilo tiene el carretel. Si eso no se sabe, es una luz amarilla-naranjona, y recurrimos al último recurso: ¿Hay algún competidor o benchmark que consideren adecuado tomar de referencia, en cuanto a volumen de inversión o mercado?

Y si eso no se sabe, hay cuatro soluciones más: la clarividencia, la precognición, la telepatía o el viaje astral. Pero es difícil encontrar gente con esos skills en Zonajobs.com

©JIR para L!NDA