Lo más genial de Arquímedes no fue su Principio, sino haber condensado en una palabra todas las emociones que se sienten al dar con una verdad o solución rotunda. En seis letras, Eureka te resume seis hojas de gratificación, regocijo y recompensas.

Pero a una palabra tan definitiva le está faltando su antagonista, la que pueda definir exactamente lo opuesto, todo lo que sentís en frustración, agobio y desconciertos cuando buscás y no vas dando con la respuesta.

Para no posar de etimólogo, a esa palabra le puse Kareue. Sí, se cae de obvio que es Eureka al revés; no la compliquemos. Y díganme si no pasamos la mayor parte del tiempo en Kareue times que en Eureka moments. Y díganme si no son espantosos, porque durante esas temporadas nos sentimos desgraciados, inclusive siendo blancos de burlas e incomprensiones de los que creen que somos locos, idiotas o andamos demasiado emperrados en buscar algo que no existe o no vale la pena. Lo más feo, creo, es la propia sensación de duda sobre nosotros mismos, un miedito a andar efectivamente persiguiendo vapor de agua o un sueño irrealizable o hacedero, pero fuera de nuestra capacidad.

Lo hermoso de esta fealdad es que es necesaria. Un oasis es un regalo solamente porque se esconde en el desierto mortífero; y si querés llegar al agüita fresca no hay otra opción que abrasarse durante dunas y dunas. El desierto es el envoltorio del alivio.

Lo mismo con los tiempos Kareue, muchachos. Toca peregrinarlos con todas sus dolencias pero con la esperanza de la victoria final. Es más, si queremos hacer cosas grandes y nuevas, hay que provocarlos adrede, aunque duren años y nos enfrenten a la fragilidad de sentirnos inútiles e incapaces, porque si no desertamos, terminamos eurekeando. Y un solo instante Eureka paga miles de días Kareues.

Así que a persistir, y cuando ese día llegue —porque es su ley— cuidado con salir desnudos gritando como locos por las calles de Siracusa.

©JIR para L!NDA