Gran dolencia que puede padecer toda persona creativa o propositiva de cualquier profesión: sufrir en nuestra carne cuando critican u opinan sobre algo que creamos o proponemos. Es como si alguien le diera una patada a una mesa y al carpintero le doliera la rodilla.

Por supuesto que este sufrimiento es natural, porque en lo que hacemos expresamos lo que somos, pero si queremos crecer profesionalmente, debería ser un sentimiento superable, o minimizable, al menos. Trabajar en un rol creativo —cualquiera sea— te expone al juicio de los demás; lo que hagas será carne de opinión. Buena, mala, justa, injusta, fundada, infundada; lo mismo da, siempre será opinable. Y si uno deja la piel y la autoestima en cada idea o propuesta que genera, morirá de furia o tristeza antes de cumplir los 30 años.

Para conservar intacta la capacidad creadora, cosifiquemos lo que hagamos. Las ideas (proyectos, como quieran decirle) son cosas, no pedazos de alma. No somos nosotros, aunque provengan de nosotros. Son entidades que creamos, como castillos de arena, y pueden ser destruidas, cuestionadas y recreadas sin mayores costos emocionales. Hasta es bueno que opinen todo lo que quieran, si uno decide apartarse de la andanada. Esto es saludable, permite poner distancia y objetividad y, fundamentalmente, ayuda a evolucionar; porque si nosotros también somos despiadados con nuestras creaciones, podremos discriminar las que están buenas —para conservarlas y defenderlas contra el universo— de las que están malas —para descartarlas sin miramientos—.

Un indicador interesante de si evolucionamos profesionalmente o no, es repasar creaciones o proyectos que años atrás nos hayan parecido buenísimos, para ver si los seguimos apreciando de la misma forma. Muchas veces sí, porque realmente fueron geniales y siguen vigentes; pero otras tantas no, porque nosotros habremos madurado, crecido y mejorado nuestros talentos, y dichas creaciones se nos antojarán burdas, chatas y bastante malas. Si eso pasa, buen indicio: progresamos.

Cosificar lo que hacemos también es provechoso porque suprime el apego, la sensación de paternidad sobre lo hecho, y nos hace permeables a las sugerencias de otros sin sentir que perdemos la caprichosa potestad sobre ese “hijo” nuestro. Por si fuera poco, ayuda a evitar malformaciones de la autoestima, esas distorsiones de la percepción de nuestras capacidades, sea en poco —lo cual nos volvería injustamente acomplejados— o en mucho —lo cual nos volvería irritantemente arrogantes—.

Es obvio que lo mencionado arriba es fácil de decir y difícil de vivir. Renunciar a algo que creamos no es simple, y cuando lo censuran es inevitable sentirse censurado. De hecho, hay quienes critican a la criatura como vía para criticar al creador. Pero tranquilos, en tales casos: paciencia, teflón y sordera selectiva.

© JIR para L!NDA

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