El artefacto es viejísimo, pero con las redes sociales cobró una relevancia enorme y puede ser un peligro para la reputación profesional e inclusive la carrera de alguien, en el mejor de los casos. Consiste en tirar una indirecta (generalmente un agravio o reproche) dirigida a una persona puntual pero no identificada, en un foro público. Y por lo tanto, todos quienes lo leen se sienten tocados.

A ver si no ven al menos cinco balas mágicas por día en Facebook o Twitter, sean afiches, posteos o retweets. Desde el empleado que tuitea No me lo banco más, o el jefe Estoy rodeado de inútiles, o la novia despechada Ya me vas a extrañar, o el traumado Que nadie se ofenda; tengo que sacar a la gente tóxica de mi vida, o el clásico No voy a dar nombres, pero….

Así mirado, parece gracioso, sin embargo es peligroso y es posible que sea un indicador de varias cuestiones: inmadurez alarmante + falta de asertividad + cobardía + ausencia total de empatía + falta de sentido común.

¿Por qué inmadurez y falta de asertividad? Porque la persona, en vez de hablar de frente con quien la ofendió, prefiere tirar el palo al aire, algo totalmente ineficiente. Por eso también es cobarde: porque si el ofensor se hace cargo y la encara, siempre tiene una ratonera para escabullirse. Mentirá con un No, no era para vos, nada que ver. La falta de empatía es porque no se detiene a pensar el desagrado que despierta en quienes la leen. Y la falta de sentido común es porque la bala mágica es peligrosa, ya que lesiona. Primero, daña a los demás, como su nombre lo indica: va para uno, pero hiere a todos. Es lógico: uno lee Que nadie se ofenda; tengo que sacar a la gente tóxica de mi vida, e inmediatamente se pregunta si habrá hecho algo que hubiera lastimado a esa persona. El lector se siente incómodo, tocado, aunque se sepa inocente. O si tu jefe escribe Estoy rodeado de inútiles, ¿no vas a pensar que se refiere a vos, que trabajás con él? Por ahí el tipo se refería a sus compañeros de fulbito, o a un cajero del supermercado, pero torpemente hirió a cuantos leyeron el mensaje. El asunto es que, además de mágica, la bala es boomerang, porque también impacta en quien la tira, haciéndolo alguien de cuidado para los demás. Por miedo a ser el próximo blanco, la gente se aleja, prefiere no interactuar.

A todo esto, súmenle que las redes sociales son… sociales. Twitter es la más peligrosa de todas, donde muchos desconocidos nos leen. Para alguien avispado, el metamensaje es bastante obvio; por ejemplo, si un potencial empleador ve que acostumbrás disparar balas mágicas, inferirá que sos un inmaduro que no puede hablar las cosas de frente, o que tenés que ir al psicólogo para descargar tus complejos.

Acabamos de ver las agraviantes, pero también hay tres tipos de balas más.

  • La tonta: una bala mágica que no quería serlo, pero se convierte en tal. El trilladísimo cliché Es lunes, me quiero matar del domingo a la tarde. Vos decías algo que sentías, pero quizá podés herir o enojar a tus compañeros de trabajo o clientes que te leen porque asumen que ellos “te molestan”. Además de dar imagen de poco profesionalismo… y mucha falta de originalidad.
  • La lastimosa: alguien escribe Me siento tan abandonado, queriéndoselo decir a su ex novia; pero claro, todos los que lo leemos nos sentimos algo culpables por no visitarlo, o al menos nos pica la obligación moral de acercarle algún consuelo cariñoso. Le escribimos todos, menos la ex novia a la que iba dirigido el mensaje, obvio.
  • La arrasadora: es la bala de destrucción masiva, que revienta en grupos o comunidades. El Qué falta de solidaridad veo en algunos papás del cole, por ejemplo, ideal para el despiole. O la atómica combinación de ofensa + generalidad, como Vos, provinciano ignorante, no sabés lo que es la cultura. Quizá el bestia que la disparó la dirigía a alguien en particular, pero como es ofensiva y general al mismo tiempo, a los cinco segundos verán que se arma una batahola increíble entre provincianos y porteños, insultándose entre sí.

Cerremos con un detalle irónico de todo este asunto balístico. El que tira una bala mágica piensa que llama la atención, pega en el blanco, daña a su víctima y por eso experimenta un oscuro placer. Lamentablemente para él, pocas veces es así. Si el destinatario del tiro es alguien más o menos maduro, es probable que ni lo registre y lo ignore olímpica e inconscientemente.

La conclusión más obvia es que si queremos decirle algo a alguien, lo más fácil es conversarlo honestamente con esa persona. Y si no nos dan los cojones, está bien, pero aun así es mejor no tirar la bala: no sirve de nada —y encima, como el blanco ni siquiera es rozado— el que dispara se termina ofuscando peor, porque es desoído. Hablar de frente como adultos resuelve más cosas y más fácilmente que insistir con recursos propios de la madurez emocional de un nene de cuarto grado.

©JIR para L!NDA